En la previa de la retrasmisión el inhalámbrico de TVE intentó una de ponerse la venda antes de la herida, y como todo el mundo andaba con el miedo que imponían los daneses, preguntó a un jugador alemán (tres veces sub campeón) si la medalla de plata, con el tiempo, se valora más que en el momento de conseguirla. El alemán le dijo: "La medalla de plata es nada. Cambiaba ahora mismo una de oro por las tres de plata que yo tengo." Y eso elevó más la tensión que genera el miedo a perder.
Pero lo que salió por el túnel de vestuarios fue un grupo salvaje de jugadores. Apretaron hasta asfixiar al rival. Lo dejaron sin capacidad de reacción. Lo dejaron inerte sobre sus piernas. Y cada gol sonaba a trofeo. Cada celebración tenía la plasticidad de la violencia y el poderío. 35-19. Campeones del mundo.
Luego cogieron a sus hijos y les sacaron al parquet para que oliesen la victoria, para que respirasen como respira el que gana. Y de la manita entraron al vestuario, con sus hijos, a ponerse el chandal y coger la medalla.
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| foto AFP Javier Soriano |
