Como en una nube irreal, como en un espejismo, Torres marcó el segundo gol del Chelsea. Ese gol es un cuento corto, contundente y paralizador a la vez. Veneno dulce de delantero.
No hubo iniestazo, no existió la jugada de Messi, Guardiola
oyó el pitido final, se fue a felicitar a Di Matteo y se metió en el vestuario,
con sus jugadores, eliminados, en el campo; y la chaqueta, colgada en un
asiento del banquillo.
Al abismo llegaron tras un via crucis que comenzó con el
golpe de Piqué en la cabeza. Conmocionado, trasladado al hospital, con Puyol
mirando al vacío. Se ponen 2-0 y en una contra el Chelsea hace un gol con
valor de eliminatoria. Messi falla un penalti. Deambula por el campo, camina,
no le sale ni un regate. Fuera de juego de Alves, gol anulado. Messi dispara
ajustado y Cech toca para que de en el palo. No aparece Iniesta, no aparece
Xavi. No aparece nadie.
Tal vez todo empezó cuando los jugadores, tras la derrota en
Londres, dijeron: no se puede conseguir más con menos. El Chelsea ha tirado una
vez y ha marcado. Miraron al rival en vez de mirarse a sí mismos. Al Barca le ha
tocado ahora descolgarse por la bajada de la montaña rusa. El Chelsea le dio
una pista al Madrid y el Madrid le dejó marcada la vuelta de las semis al Chelsea.
Atrás; ayudas constantes; concentración y a la contra. Al fútbol también se
juega así. Puede ser cruel pero no es injusto.