Cada vez que Guardiola se rasca la cabeza genera nuevas combinaciones en las posibilidades de control de balón del equipo. Hace así con la mano en la calva, la frota, se rasca, y Alves intensifica la presión. Lo ve Fábregas y va con él, Iniesta sigue a Cesc, los tres arrinconan al defensa del Santos, que ya está en su línea de fondo. Recuperan el balón, y para empezar el ataque retroceden. Toman cierta distancia con la portería rival, como quien se aleja de la pizarra para leer bien el enunciado del problema.
Escribo lo de la pizarra porque soy del 70, y en el colegio, la profesora decía: "Sepárate para leer el enunciado. Sepárate para ver el problema. Y luego vuelves y escribes".
Entonces el Barca se viene un poco atrás y juega a buscar la portería. Si se la dan a Messi es para que acuchille rápido. Zas, zas. Cuchilladas limpias, sin dolor, sin mirada, esterilizadas. Gol. Gol. Gol. Si se la dan a Messi probablemente haya gol.
Luego está la carita de Neymar, que mira preguntando: esto qué es?. A Neymar sólo le cabe una reacción, encontarse con un micrófono y decir: "hoy hemos aprendido a jugar al fútbol." Es optimista el chaval, porque cree que con haberlo visto ya lo ha aprendido. De alguna forma, para jugar así, es necesario que en la banda haya un técnico que cada vez que se rasca la calva acelere las partículas.
La próxima vez deberíamos hablar de la insaciabilidad del técnico. De cómo pone cada partido al borde del abismo de las carreras de los jugadores. Les engaña. Les dice: "puede no haber otro". Esperemos que nunca escriba un libro Guardiola.