sábado, 8 de junio de 2013

Madrid. 18 horas. Antesala.

La felicidad está en la antesala de la felicidad y mañana tenemos una final de Roland Garros con Rafa Nadal vs David Ferrer.

La primera cuestión sería abandonar la etiqueta de final española. A Rafa lo veo como una bestia planetaria que ya excede y supera la pregunta del origen. Es un icono, algo sublimado: de estado sólido a gaseoso sin pasar por líquido. Es una de esas leyes de la física extraordinarias. Pero si jugamos a la arcilla de Manacor vs la arcilla de Jávea, pues también vale. Da igual.

Ahora tenemos la noche por delante. El año pasado Nadal dijo que se durmió viendo dibujos animados, Bola de Dragón, creo que dijo, y que hasta 10 minutos antes de saltar a la pista en la reanudación de la final el lunes no tenía claro cómo ganar a Djokovic. No sabía cómo afrontar ese segundo día con el parcial de 8-0 en contra que le había metido Nole bajo la lluvia = bola pesada. Pero salió y a la una de la tarde se quitaron las nubes y con el sol en todo lo alto ganó el Séptimo. Entonces yo me lo imagino mañana, en la bocana del túnel de la Phillippe Chatrier, después de sumar el destrozo que le hizo a Djokovic el viernes en la semi... y no se me ocurre una situación adversa que pueda con la cabeza de Rafa. Nada. No se me ocurre nada. Qué barrera, qué muro, qué trampa, qué fosa se le puede poner delante a Rafa más alta, más escondida, más profunda... que todas las que ya ha superado... Así que ahí está el tema con este chico. En París maneja el hashtag #unst8ppable.

En la noche de David Ferrer, en esas horas de sueño, habrá un mantra velando al tenista: disfrutar y buscar situaciones de victoria; jugar un tenis a la altura de una final de Roland Garros. Leo las claves que maneja su entrenador Javier Piles: jugar el partido como si fuera uno más para evitar los bloqueos, el miedo, el brazo encogido. Leo a Piles pidiendo que se le pregunte a los tenistas si la derecha de David acaso no está entre las cinco mejores del mundo. Leo y leo, pero tiene que ser jodido enfrentar a Nadal. Verle saltar delante en ese estadio parisino cuando se sortea el saque. Y respirar ese mismo aire. En el mejor de los casos te va a dejar tu tenis pero te va a robar el aire. Y ahí hay un problema gordo.

Para nosotros el timing será diferente. Disfrutaremos la antesala de otro modo. Es sábado: cenaremos, dormiremos, leeremos cosas el domingo por la mañana, comeremos un poquito antes de lo normal y a las tres de la tarde buscaremos la señal del tenis en la tele. Entonces, cuando comiencen a jugar ya tendremos la realidad delante, el presente: La Final.


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